Hubo una vez una niña
amaneciendo los tiempos
bendecida por las hadas,
agraciada por los elfos.
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La belleza de su rostro,
según cuenta la leyenda,
era sólo comparable
al fulgor de alguna estrella.
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Cubría un velo sus ojos
tan bellos como el silencio,
porque una madrugada
quedó la noche cerrada
enamorada de ellos.
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Dicen que todos los días,
terminando la jornada,
siempre con sus pies descalzos
en el bosque se adentraba.
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Era un paraje siniestro
de desangelada estampa,
una imágen de mal sueño
que dejaba sin palabras.
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Nadie osaba perseguirla,
ella no sentía temor
pues la oscuridad infinita
que habitaba el interior
tornaba en luz cegadora
a ojos del corazón.
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Allá escuchaba el sonido
de los árboles ancianos,
notaba el agua del río
escapando de sus manos.
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-Cuéntame de dónde vienes,
descansa bajo mis ramas.
Hay un halo de tristeza
en tu sonrisa callada.
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Descansa de tu largo trecho
en mi tronco cobijada.
Pasa la noche a mi lado,
y resguardate en mis ramas.
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Como un murmullo escuchó
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Como un murmullo escuchó
las palabras entre sueños.
A sus oídos llegaban
transportadas en el viento.
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Fue ese despertar distinto
Fue ese despertar distinto
porque abrasaba la brisa,
una luz comenzó a entrar
en su mirada vacía.
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¿Es lo que ocurre un milagro?
Puedo contemplar la vida.
Puedo contemplar la vida.
Sólo con abrir los ojos
llego a distinguir el día.
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La bondad fue quien obró
sólo mirar con el alma.
Dejar en la puerta el ayer,
Dejar en la puerta el ayer,
imaginando el mañana.
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Así fue la maravilla
que se contó por los años
pasó de padres a hijos
como un valioso relato.
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